Parece errónea la idea de que las personas muy conocidas, o algunas de sus obras, no necesitan presentación. Toda obra, por reconocida o esperada que sea, se inserta siempre en un contexto u horizonte nuevo, y se dirige a lectores que, en muchos casos, pertenecen a generaciones más recientes o se incorporan por primera vez al campo en cuestión. Por eso la recepción de una obra nunca es idéntica en cada generación. Y la familiaridad con el nombre del autor tampoco garantiza, ni mucho menos, la comprensión de su pensamiento. Las grandes obras necesitan ser presentadas precisamente porque su valor exige ser actualizado, interpretado y analizado en cada época. Presentarlas es, en el fondo, una forma de preguntar por su sentido y de ponerlas en diálogo con otras teorías o prácticas vigentes.